Sartori, en su libro “La sociedad teledirigida” habla de la formación de la opinión y cómo la imagen hace que se lleve a una mayor desinformación.

El término
vídeo – política hace referencia sólo a uno de los múltiples aspectos del poder del vídeo: su incidencia en los procesos políticos y con ello un transformación radical de cómo “ser políticos” y cómo “gestionar la política”.
Actualmente, el pueblo soberano “opina” sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar. Para empezar, la televisión condiciona el proceso electoral, condiciona las decisiones del gobierno. En esta parte del libro se analiza: la formación de la opinión pública, la función de los sondeos de opinión; el modo en el que el vídeo poder incide sobre el político elegido y la televisión ayuda u obstaculiza “la buena política”
Opinión Pública: es el conjunto de opiniones que se encuentra en el público o en los públicos. Pero la noción de opinión pública denomina sobre todo opiniones generalizadas del público, en el que el público es el sujeto principal.
En la democracia representativa, se caracteriza no por ser un gobierno del saber, sino por ser un gobierno de opinión, que se fundamenta en un público sentir de res publica, es decir, que en democracia representativa le es suficiente para existir y funcionar con el hecho de que el público tenga opiniones suyas.
La
videocracia está construyendo una opinión hetero-dirigida que aparentemente refuerza la democracia como gobierno de opinión, pero en sustancia está vacía.
El gobierno de los sondeos: Nos indican porcentajes de “lo que piensa la gente”. Los sondeos de opinión consisten en respuestas que se dan a preguntas, hechas por el entrevistador, por tanto: las respuestas dependen del modo que se formule la pregunta y que el que responde se siente forzado a dar una respuesta improvisada. La mayoría de las opiniones recogidas en sondeos son:
a) Débil, no expresa opiniones profundas
b) Volátil, puede cambiar en pocos días
c) Inventada en ese momento para decir algo
d) Produce un efecto reflectante, un rebote de lo que sostienen los medios de comunicación
Menos información: La subinformación es una información totalmente insuficiente que empobrece demasiado la noticia que da, es decir significa reducir en exceso. La desinformación es una distorsión de la información, dar noticias falseadas que inducen a engaño al que las escucha.
El principio establecido de la televisión es que siempre ha de mostrar y se ha de tener imágenes de todo, lo que hace que se produzcan los pseudos-acontecimientos, que son acontecimientos creado para la televisión exclusivamente.
Un ejemplo que pone el autor es la estupidez del público que ha sido educado por la televisión, es que en EEUU la retransmisión de la caída del muro de Berlín en 1989 fue un fracaso televisivo.
Más desinformación: Para el autor, la aldea global de McLuhan es “global” sólo a medias, por lo que en realidad no es global. La cámara de televisión entra fácil y libremente en lo países libres; entra poco y con precaución en los países peligrosos; y no entra nunca en los países sin libertad. De lo cual se deduce que cuanto más tiránico y sanguinario es un régimen, más lo ignora la televisión y por tanto, lo absuelve.
No se puede imputar a la televisión que no muestre lo que no puede mostrar, pero se ha de imputar a la TV, por el hecho de avalar y reforzar una percepción del mundo injusta y distorsionada.
Para el autor, informar es comunicar un contenido, decir algo.
También la imagen miente: Una mayor subinformación y una mayor desinformación son los puntos negativos del
tele-ver. Aun así la televisión supera a la información escrita porque “la imagen no miente”
Los noticiarios de televisión ofrecen al espectador la sensación de que lo que se ve es verdad, la televisión también puede mentir y falsear la verdad, la diferencia es que “la fuerza de la veracidad” inherente a la imagen hace la mentira más eficaz, y por tanto, más peligrosa.
Para falsear un acontecimiento narrado por medio de imágenes son suficientes unas tijeras.
Los video dependientes tienen menos sentido crítico, al perder la capacidad de abstracción perdemos también la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso.